Después de Guanajuato, llegar a Puebla y no empezar por el centro fue casi un acto de rebeldía cultural. Descubrimos que aquí, el color no es tendencia, al contrario, es herencia…y también es la razón por la que Mateo terminó con una gota de pintura en la ceja.
Mateo me preguntaba: “¿Y si nos vamos por donde todavía pintan a mano?”. Y pues aquí estamos, metidos en Xanenetla, un barrio que guarda más historias en sus paredes que cualquier guía turística.

“Quiero ver la Puebla que todavía se respira a barro”– dijo Mateo, yo pensé que exageraba, pero al estar ahí, caminábamos en búsqueda de un taller hasta que pudimos dar con uno, cuando lo encontramos me pregunté: “¿Será aquí? No tiene letrero” Y entramos.
Lo primero que vimos fue una mesa larga de madera desgastada. Don Paco nos explicó que cada mancha era un día de trabajo. Un dato histórico que descubrimos es que la Talavera llegó con los españoles, sí, pero Puebla la volvió suya con barro local, mano mexicana y un estilo que se reconoce a kilómetros. Imagínate, es tan especial que hasta tiene certificación de denominación de origen.
Al ver a Don Paco trabajando, nos dimos cuenta que el proceso que se hace es igual al de hace algunos siglos:
-Barro moldeado a mano
-Secado con paciencia que nosotros no manejamos
-Diseño trazado a pulso, sin plantillas
-Y el color…el famoso azul cobalto, ese que cuesta más que los tenis nuevos de Mateo
Cuando preguntamos por qué no usar máquinas, don Paco respondió:
-Porque las máquinas no saben respirar
Yo (Amalia) casi lloro
Mateo por su parte, casi compra un horno

Y así, entre pinceladas, nos contaron que este barrio siempre fue zona de oficios, de talleres familiares, de paredes que guardan secretos y procesos que no se han movido aunque el mundo sí.
Y sí, afuera hay murales modernos, pero adentro…adentro el tiempo camina raro. Lento, bonito, de esos ritmos que te bajan las revoluciones sin pedir permiso. Pensé que la talavera era artesanía…ahora sé que es historia viva.



Salimos con las manos manchadas y el corazón limpio: entendimos que en Puebla el color no se inventa, se hereda. Y esa herencia, mientras alguien la siga respirando, nunca dejará de estar viva.
-Amalia & Mateo