TEPOZTLÁN: La ruta que nos enseñó a detenernos

Después de dejar atrás el lago de Valle de Braco, recuerdo que todavía traíamos en la memoria ese olor a pescado fresco y la imagen de las redes lanzadas al amanecer. Sin duda, esa experiencia nos recordó que México no solo se mira, se vive, y con esa misma sensación seguimos nuestra ruta hacia Morelos, donde llegamos a Tepoztlán.

El camino fue distinto, notamos cómo la carretera se fue abriendo entre montañas verde y ese aire cálido, ligero que baja despacio y parece invitarte a detenerte. Aquí notamos que el tiempo se mueve más lento.

Al llegar, decidimos caminar por las calles y lo primero que vimos fueron unos puestos sencillos, cómo la gente se saludaba sin prisa, y un mercado que olía a hierbas frescas. Sin duda no era un lugar para mirar vitrinas ni para tomarse fotos, era un lugar para bajar el ritmo.

Al ver eso, nos acercamos a un puesto de infusiones, ahí notamos cómo el vapor subía de una olla y la señora que lo atendía nos recibió con una sonrisa tranquila. Mientras preparaba una mezcla de manzanilla y toronjil, nos dijo: “Aquí la gente viene a respirar”, Mateo y yo nos quedamos viendo porque esa frase nos acompañó todo el día.

El ambiente era suave: manos preparando hierbas, el sonido del agua hirviendo, conversaciones en voz baja. Al notar eso, decidimos quedarnos un rato observando cómo la gente llegaba, pedía un té y simplemente se sentaba. Algunos cerraban los ojos, otros miraban al vacio. Nadie tenía prisa.

Como parte de tener una experiencia única aquí, decidimos caminar más tarde hacia un temazcal de barrio. El humo salía despacio, y dentro de un guía local acompañaba a quienes buscaban reconectar. No hablaba de energía ni de misticismo, solo decía: “Aquí la gente se encuentra consigo misma.”

Por otro lado, el sonido del fuego, el agua cayendo sobre las piedras calientes y aquellas respiraciones profundas, creaban un ambiente único y Mateo afirmó: “Ahora entiendo por qué la gente viene hasta aquí.”

Al salir, probamos tlacoyos hechos en el mercado, El sabor era fuerte y auténtico, sin duda distinto al de Puebla o Nuevo León. Mientras comíamos coincidimos en cómo cada lugar nos ha mostrado algo diferente: historia, fuerza, sabor, Y aquí, lo que encontramos fue pausa.

Nos quedamos un rato más, mirando cómo el humo del temazcal se mezclaba con la luz suave de la tarde. Y entendimos que Tepoztlán no solo se visita, se encuentra.

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