Recuerdo que todavía teníamos el sabor de cabrito, tortillas de harina y esa comida única de Nuevo León, qué bonito es recordarlo cuando hablamos de un viaje lleno de sabores intensos, de carne y fuego, pero sobretodo de lugares que siempre se quedan en la memoria.
Cuando llegamos, el aire estaba tibio, con esa humedad que siempre te despeina. Yo pensé: “¿Y si lleve justo hoy que queremos caminar?”, pero Mateo, como siempre, dijo que el clima estaba “perfecto para descubrir secretos”. Claro, él nunca carga la sombrilla.
La realidad es que la expectativa era otra. Yo imaginaba Guadalajara como esas postales llenas de mariachi y tequila, con turistas tomando fotos en Chapultepec. Pero desde que salimos de Nuevo León, decidimos que no queríamos lo obvio. Veníamos con la idea de encontrar lo que no aparece en redes.

Caminamos por la Colonia Americana, y yo ya estaba cansada porque Mateo siempre dice: “vamos a caminar tantito” y ese “tantito” se convierte en kilómetros. El sol pegaba fuerte y yo bromeé: “Esto ya parece entrenamiento milirar, no paseo”. Mateo por su parte se rió y dijo que el sudor era parte de la experiencia cultural.
Tras estar caminando, descubrimos un restaurante coreano escondido, me pareció muy extraño porque la entrada era tan discreta que casi pasábamos de largo. Por un momento pensé: “será aquí?”, Parecía más una casa que un negocio, y al abrir la puerta, el vapor de la cocina nos abrazó como si nos dijera: “Bienvenidos, aquí se come con historia”.
El dueño, un chef coreano que llegó hace veinte años, nos recibió con una sonrisa tímida. Mientras movia el wok, nos contó cómo es que llegó aquí y se sintió acogido por la comunidad latina. Yo lo miraba y pensaba: este hombre cocina como si estuviera tocando la batería.
Nos sirvió un ramen muy rico, aunque claro, bastante picoso. Mateo dijo: “Esto pica más que los chiles de Monterrey”. Yo lo miré con una cara de: “no exageres”, pero luego me vi los ojos llorosos en el reflejo de la cuchara.
Lo mejor fue la mesa, había mucha gente contenta, riendo, con un ambiente bastante ameno, realmente cómodo para disfrutar sea cual sea tu plan. Yo pensé: aquí no se mezclan sabores, se mezclan vidas.


Al salir, nuestra ropa olía a cocina y claro, nosotros con la panza feliz. Seguimos caminando por las calles de la Colonia Americana, todavía con el calor pegado en la piel, nos perdimos entre murales y bares escondidos, escuchando música que salía de ventanas abiertas.
Ahí descubrimos que no era la Guadalajara de las postales, era la Guadalajara que se vive a pie, con conversaciones improvisadas y rincones que parecen secretos.
Al final, nos dimos cuenta de que ese día no solo paseábamos por calles y restaurantes, sino por historias. Sin duda, desde Nuevo León a aquí Guadalajara, nos recuerda que viajar no es coleccionar lugares, sino compartir momentos.
